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  Cuatro : Las amistades peligrosas
 

El pasado miércoles, después de dos semanas de guerra declarada a mi ordenador, decidí que había llegado el momento de: a) pedir refuerzos, b) firmar la paz, o c) hacerme con alguna ciberarma secreta. Ya no lo soportaba más. Cada vez que intentaba abrir algún programa, por muy sencillo o inocente que fuese, como la pobre calculadora, aparecía en mi pantalla un mensaje amenazante: “Ha ocurrido un error (vaya construccioncita) muy grave en el módulo ceromilnovecientoscerocero. Cierre inmediatamente todos los programas”. Para más pitorreo, el malvado engendro -el mío, o la mía, se llama Céleron- te daba la posibilidad de desplegar un simpático menú-persiana en el que aparecía un listado incomprensible de dígitos y coordenadas, como si mi cerebro formara parte del centro neurálgico de la Agencia Espacial Venusiana.  

Pues bien, visto que mi pecé pensaba seguir hablándome en binario por los milenios de los milenios, el miércoles me decidí por la opción a) el S.O.S. y telefoneé a la tienda donde lo había comprado. Una joven muy agradable me indicó que el técnico estaba en Tombuctú descubriéndose el karma o algo así y me recomendó que consultara el manual para el usuario-inútil-integral que me habían entregado al adquirir aquel engendro. Pasé media tarde hojeando el maldito panfleto y no encontraba ninguna respuesta a mi dilema existencial hasta que mis ojos tropezaron con un título que cegó mi visión temporalmente. Con letras de molde, brillantes y estilizadas, la frase relampagueó en mis pupilas, cerebro, cerebelo y bulbo raquídeo. “¿Cómo soportar Windows 98?”. ¿Acaso era tan flagrante la mala educación del programita que había incluso un apartado dedicado especialmente a los pobres penitentes del chip y la tecla?, ¿qué me ofrecerían?, ¿claves de kárate informático para doblegar al maldito ciberser que dormitaba en mi escritorio? Mi decepción fue mayúscula al descubrir que simplemente incluía un número de teléfono acompañado de un lindo nombre: Centro de soporte del usuario. ¿Dónde estaban los sabios consejos estilo “Pequeño saltamontes que te enfrentas en soledad al pérfido ciberespacio...”? Observé el enchufe de mi pecé y una malvada sonrisa se apoderó de mis labios. Jeje. Te puedo liquidar de un tirón, nene, ¿o sería nena? Pero me quedé quieto.  En mi cabecita humanoide parpadeaba una palabreja “soportar”.  

Con mi enfado ofimático no me había dado cuenta de la barrabasada. Me acababa de dar de bruces con un amiguete más falso que mi adorado portátil. Los simpáticos traductores de la compañía, que ya hace unos años tuvieron problemas con su diccionario de sinónimos jurásicos, habían cogido el famoso “support” del inglés y ¡zas!. Por arte de birlibirloque se había transmutado al español como “soportar”, la palabra más parecida que habían encontrado por su aspecto y sonoridad. ¡Toma esa! Ni siquiera se habían molestado en consultar un diccionario para buscar correspondencias en castellano como apoyo, sostén, respaldo, sustento...o ¡qué demonios!, algo tan simple como ayuda. Pues no. ¡Toma puñalada trapera! ¡Que vivan los falsos amigos! ¿Que no sabes cómo traducir una palabra? Pues nada, tranquilo, majete, intuye a cuál se parece más en español y listo, calisto.  

Decidí calmarme pero tuve la mala ocurrencia de encender la tele. Después del habitual anuncio del coche más fantástico del año, ( y eso que estamos en abril), llegó una perla de la publicidad. Un ejecutivo engominado y almidonado me sonrió mientras devoraba sus cereales megadietéticos y una voz femenina me invitó a ser tan “agresivo” como él. Me eché a reir porque los creadores del anuncio debían ignorar que el famoso “agressive” inglés significa “propenso a faltar el respeto o a ofender” (mientras que la traducción correcta del agressive inglés al español es dinámico o emprendedor). Sin apenas darme tiempo para recuperarme, empezó la retransmisión de un partido de fútbol y un dicharachero reportero anunció que quedaban cinco minutos para el inicio de la “confrontación”. De nuevo me dió la risa al imaginarme a los jugadores de ambos equipos comparándose el muslamen o contrastando documentos. Porque eso es lo que quiere decir confrontación en español: “comparación de una cosa con otra” (y nunca enfrentamiento, que es lo que significa el “confrontation” inglés).  El destino parecía dispuesto a alegrarme la tarde después de mis frustaciones con el ordenador porque cambié de cadena y unos labios parlantes -era imposible mirar a la presentadora sin quedarte hipnotizado por su boca- aseguraron que los aviones de la OTAN en Macedonia habían sobrevolado el “teatro de operaciones” en las montañas de Tétovo. Me quedé tieso. ¿Ahora los militares, guerrilleros y demás tropa interpretaban obras sobre el terreno mientras caían alegremente los obuses a su alrededor? Supongo que la buena mujer se refería a la expresión inglesa “theater of the battle” que en español equivale a campo de batalla, zona bélica, escenario bélico. Aquello era tremendo.  

Saqué un bloc y un cronómetro y decidí pasar treinta minutos anotando todos los amiguetes peligrosos que oyera. La lista quedó de este modo: Un hombre en Arkansas estaba “intoxicado” cuando abrió fuego contra sus compañeros de trabajo (de “intoxicated”: borracho), la retransmisión del encuentro de la Uefa iba a ser magnífica por las facilidades” del Ayuntamiento de  París (de “facilities”: instalaciones)...y no sigo, que me da vergüenza. Comprendo que las prisas y la fuerza del inglés en el mundo informativo (por no mencionar a los traductores simultáneos o a los publicistas) nos empujan a caer en la trampa de los falsos amigos. El camino más corto entre una palabra en inglés y una noticia en español es optar por la palabra castellana a la que más se parece. Si leemos “prevent”, pues prevenir (cuando significa evitar), si topamos con “traduce”, pues traducir (cuando significa falsificar), que leemos “sensible” pues más fácil imposible: sensible (cuando significa sensato). Los ejemplos son abundantes pero la solución también está a nuestro alcance: el diccionario. Dudar es algo muy humano y no existe nada pecaminoso en reconocer nuestra ignorancia y abrir un diccionario. Más bochorno debería darnos oir o leer las cositas, como diría el presidente Aznar, con las que uno se cruza a diario.

Abril de 2001

 

 

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2001 - 2006 © Óscar Díaz de Liaño