Esta semana he decidido escribir una carta a la Real Academia Española. Les propongo, con toda humildad, una nueva palabra. Ya sé que tengo muy pocas posibilidades de que alguien me haga caso en esa santa casa pero, modestia a parte, creo que está muy bien fundamentada y si alguno de sus ilustres miembros ha visto la televisión durante el mes de septiembre (o durante los últimos años), estoy seguro de que apoyará la propuesta sin dudarlo ni una milésima de segundo. Incluso les adjunto unas notas sobre cómo debería quedar esa nueva entrada en el diccionario.
Lingüicidio. Muerte causada a una lengua por una persona. Etimología: del latín lingue (lengua) y caedere (matar).
Y, ¿por qué?, ¿qué es lo que me ha llevado a este grado de ofuscación? Como diría con su voz desgarrada Camilín Sesto “¡Y ya no puedo más!”. Septiembre ha trastornado mis neuronas. Incluso evito acercarme al televisor. Al principio, cuando se produjeron los atentados de Nueva York y Washington pensé que no ocurriría nada especial, lingüísticamente hablando. Tal y como esperaba, mi adorada presentadora súper favorita se regodeó y rebozó en el imperfecto: el avión se estrellaba a las tantas, la torre ardía a las cuantas y todo terminaba desplomándose a las patarrantas. Vamos, que a estas alturas, si hubiera que deducirlo por su relato, no se podría saber si las Torres Gemelas siguen en pie, están ardiendo o se han derrumbado. O quizás las tres cosas a la vez porque esta mujer es la repanocha. Sin embargo, no le quise dar importancia. La pobre ya tenía suficiente con su nuevo corte de pelo.
Pero entonces empezó el intento de lingüicidio. Fue un ataque en toda regla: por prensa, radio, televisión e internet, los cuatro cuerpos de las fuerzas mediáticas cebándose en el idioma, sin misericordia. Las alarmas saltaron con un titular: “América, atacada”. De un plumazo-teclazo-linotipazo Estados Unidos se convirtió en un sólo continente e incluso en algún medio desapareció la coma, con lo que América atacada, más que al nombre de un especial informativo, sonaba a película con toques almodovarianos o a una obra de arte contemporáneo. Fue un buen pistoletazo de salida porque a partir de ese momento, medio mundo informativo se lanzó a una desaforada carrera contra el idioma. Todos los días llegaban terribles informes al Cuartel General de las Lenguas Aliadas. Una de las palabras que más rápidamente entró en Cuidados Intensivos fue balance. Que si se desconoce el balance de víctimas, que no hay balance de muertos... con tanto balanceo a nadie se le escurrió de alguna neurona la posibilidad de que un balance requiere un activo y un pasivo, un debe y un haber... ¿y qué diantre se contrapesa en una catástrofe de este tipo? , ¿muertos y vivos?, ¿torres derruidas y en pie? Sin embargo, lo peor era la desbordante creatividad de los lingüicidas.
Un intrépido reportero-desescombrador asesinó en directo a la palabra excavadora. Le debió parecer demasiado pequeña y ridícula ante tanta desgracia y prefirió utilizar paquidermo mecánico. Otro compañero en el lugar de los hechos aseguró que las alcantarillas cercanas a las torres vomitaban cemento y lava, cual volcán en erupción, mientras que mi presentadora favorita me regaló una impagable exclusiva: las primeras imágenes aéreas del lugar del siniestro tomadas por un avión en pleno vuelo. ¿Y cómo hubiera sido posible hacerlo si no sobrevolando el lugar? ¡Suspensa! A Tercero de Primaria, que vas a estar remona con tu babi rosa.
Los ataques continuaron día y noche: que si había desaparecido el skyline de Nueva York (la línea del horizonte de la pobre Manhatan), que si el secretario de Justicia había asegurado que en el ámbito doméstico las actividades del presidente seguirían lo estipulado por su agenda (con lo cual, no pude evitar imaginarme al hombrecillo en plan camisa arremangada de intrépido vaquero y sombrerito tejano), que si en Union Square se concitaba todo el que quería expresar su dolor (lo que me hizo pensar que lo más sabio sería no acercarme a la placita en cuestión dado el significado de concitar: promover discordias, excitar los sentimientos de una persona contra otra). Incluso en una edición de noche, con toda su alevosía y tres horas de maquillaje, una conductora-presentatriz me aseguró que aún no se había demostrado la implicidad de Osama Bin Laden en los atentados... implicidad te voy a dar yo, ¡so cenutria! Menos rimel y perfilador y más destreza idiomática (o habilidad con el teleapuntador, jeje).
Lo más divertido es que, mientras maltrataban a media familia lingüística y política del español, se permitían fantásticos arrebatos de erudición y esnobismo. Como con la palabra talibán. Una diligente compañera del Medio (no de Oriente, jeje) se encargó de dejarme muy claro que es invariable en género y número. “Es un término procedente del pasto”. Debí poner cara de ameba porque me miró condescendiente y sonrió. “Una variante del persa. De ella procede talib, que significa estudiante y cuyo plural es talibán (estudiantes en acusativo, queridos amigos, porque encima el idiomita tiene casos, como el latín). Asi que, resulta redundante decir talibanes porque talibán está ya en plural”. Yo me quedé de una pieza. ¿Ahora los periodistas dominábamos el pasto? Me parecía requetemega estupendo pero entonces ¿qué pasaba con los chechén, los uzbeco, los ingush o los pobres tayik? Porque claro, si uno decide respetar el pasto, no es cuestión de ultrajar a las demás lenguas de Asia Central e inventarnos plurales ficticios hispanizantes y malvadotes como chechenos, uzbecos, inguses y tayikos. Aquí, o todos, o ninguno. ¡Ea! Aunque también se me plantea una duda de última hora: ¿tiene singular? Porque si sólo se puede usar con significado pluralino, habrá que decir: el régimen de los talibán, el embajador de los talibán, la oposición contra los talibán, etc.
Semejante cuidado y esmero hubiera deseado yo en el uso de los términos árabe, musulmán e islámico, que muchos han convertido en sinónimos y hermanos de leche-tinta, olvidando que una cosa es ser árabe (de Arabia o referido a los pueblos de lengua y cultura árabe) y otra muy distinta es musulmán e islámico (aquel cuya religión es el Islam). Por ejemplo, Irán es país islámico pero no árabe, porque su cultura y lengua son persas. Pero, bueno, tampoco debería asombrarme, en Tele5 aún no han descubierto que las mayúsculas se acentúan, (salvo en el nombre de Àngels. Aún hay categorías).
Octubre de 2001 |