El otro día un amigo me dejó bastante desmoralizado. Estábamos en plena discusión sobre el nombre que reciben los postes de hierro que hay clavados por media ciudad parar evitar que los coches aparquen y yo le aseguré que aunque chirimbolo fuera una palabra divertida y pizpireta, se llamaban bolardos. De repente, medio bromeando medio con-muy-mala-uvita-de-la-parra, me soltó que yo era demasiado purista con el idioma. Debo reconocer que me molestaron tanto la palabra como el tono, porque lo dijo como si fuera un insulto. Durante un instante, me imaginé cual ángel exterminador con la gramática en una mano y una espada en la otra, decapitando cabezas y mutilando miembros a los cientos de miles de infieles del lenguaje. ¡Vaya masacre! Volví a casa con la mosca detrás de la oreja y consulté de nuevo el diccionario por si acaso se había admitido algún nuevo significado para la palabra purista del estilo de “Moscardón del idioma que pulula entre sus amigos”. Pero no, nada había cambiado.
Purista. Que intenta preservar la lengua de voces extranjeras y neologismos innecesarios.
Con la misma mosca aún zumbando detrás de la oreja, le pregunté a mi madre si pensaba que yo era un purista de la lengua y puso la misma mirada de desconcierto que tiene nuestro perro cuando llego a casa y le pregunto si está sólo. Me senté a reflexionar y me di cuenta de que tal vez hubiera hecho alguna cosa para que los demás me calificaran como purista y he aquí las pruebas que pude hallar en mi contra: a) me preocupo por usar correctamente el idioma; b) comento, con humor, los errores con los que tropiezo a diario o los que me caen sobre la cabeza directamente cual macetas errantes; c) intento concienciar al resto de la humanidad de que un buen uso de la lengua es un claro reflejo de nuestro buen andamiaje cerebral. Pero, ¿purista? Si yo jamás he creído en la pureza ni del chocolate Nestlé. Una lengua es algo muy vivo, que cambia, se comunica, recibe, da. Las lenguas, al igual que los seres humanos, necesitan estar en contacto para enriquecerse. Una lengua aislada y autárquica es una pieza de museo.
Por otro lado, nunca me he opuesto a las voces extranjeras siempre que no exista una palabra que se corresponda en español. Eso sí, soy partidario de adaptarlas a nuestro idioma para limar las asperezas que producen lenguas tan ajenas como el inglés o el alemán. ¿Por qué no voy a escribir cruasán en vez del fatídico “croissant” galo que nadie sabe nunca cuántas eses o tés acarrea? No hemos tenido ningún problema para adaptar fútbol o voleibol o pádel mediante el fantástico sistema del calco fonético. Recuerdo que en cierta ocasión, cuando tenía catorce años, mi madre me hizo su habitual lista de la compra. Corrí al supermercado pero tuve la mala suerte de tropezarme con unos chicos de COU (que a mí, a esa edad, me parecían lo más adulto y maduro del mundo-mundial). Uno de ellos echó un vistazo a mi interminable lista de recados y empezó a reirse a carcajadas. Le miré muy enfadado y él señaló una de las palabras escritas: sángüich. Estuve a punto de partirle la cara. ¿Acaso pensaba que estaba mal escrita? Era mucho más lógico para mi madre, que nunca había estudiado inglés, escribirla de esa manera que hacer uso de la espinosa “sandwich”. Aquella anécdota se me quedó grabada y me dí cuenta de lo interesante que podía resultar, en los casos en que fuera posible, españolizar las palabrejas procedentes de otros idiomas.
Yo a eso no lo llamaría purismo. La entrada de voces extranjeras no puede ser indiscriminada y dinamitadora y menos aún, inventarnos traducciones de teletipos como “las fuerzas de implementación (implementation: aplicación)”, “los nominados (nominees: candidatos) son...” o “Se ha declarado el estado de emergencia (state of emergency: algo imposible ya que, en España legalmente sólo existen el estado de alarma, excepción y sitio, amén del de guerra)”. Pero es que además solemos olvidarnos de que todo idioma tiene unas reglas básicas que no se pueden pactar, ignorar o adaptar. Si el imperfecto es un tiempo sin terminar ni perfeccionar, no podemos usarlo, por muy bien que suene, para decir frases impagables del estilo de “El escritor, que ayer moría en Madrid a los sesenta años” (¿habrá dejado de morirse ya el pobre con permiso del redactor-presentador-editor?), o, “La bomba estallaba en pleno centro urbano e inmediatamente, bomberos y ambulancias se trasladaban a la zona donde atendían a los cientos de heridos” . Si un verbo como advertir o informar necesita el -de, habrá que ponérselo aunque no cueste sudor y lágrimas. Si usamos el condicional, lo haremos para expresar condición o hipótesis y no para esconder nuestra ignorancia o falta de seguridad como en la habitual frasecita “La guardia civil habría localizado un alijo de cocaína en Galicia” (¿si le hubiera dado la gana?, ¿si realmente hubiese sucedido?).
Me he dado cuenta de que, normalmente, quienes me atacan con el dardo de purista son aquellos que defienden un extraño libre albedrío lingüístico. ¿Que no sé cómo se usa una palabra o verbo? Da igual. Mientras SUENE bien o QUEDE bien o ME SIENTE bien, todo irá sobre ruedas. “Porque yo lo valgo” como se diría con el mejor acento l’orealino. Es el recurso de la vaguería incondicional. Ya he ido al colegio, al instituto y he pasado por la facultad, ¿acaso no sé lo suficiente como para ser tan infalible como el Papa? Sin embargo, es preciso conservar siempre en nuestra mente el pupitre del colegio, con nuestras falsillas y los rotuladores Carioca. Si algo debemos tener a flor de piel los periodistas es la capacidad de aprender. Y no sólo cargos, nombres de personalidades o plusmarcas olímpicas sino subjuntivos de verbos dudosos, acentos rebeldes que hay que domesticar o palabras sin denominación de origen.
Termino este imperdible pidiendo disculpas por el tono general de la presente entrega pero, de vez en cuando, uno tiene que defenderse, aunque nadie me vaya a hacer demasiado caso. Gracias por haber aguantado el chaparrón-tormentón de verano y, como decían nuestros profesores en el colegio, ¡Nos vemos el próximo curso!
Junio de 2001 |