Pensaba que veranear en el sur de Portugal sería la solución perfecta para que mis neuronas periodísticas se tomaran también unas merecidas vacaciones. Y en un principio todo fue a las mil maravillas, tal y como me había advertido mi tía. “Cariño, nada de tele. No se coge ninguno de nuestros canales. Tu tío está que trina porque se va a perder toda la feria y no deja de maldecir a esta pobre gente. Pero el hotelito es una monada y, como le digo siempre: Ánsel, (mi tío se llama Anselmo), no se le pueden pedir peras al olmo. Creo que tienen problemas de transmisión por culpa de las marismas. No me preguntes. Ni yo misma entendí la explicación cuando me la dieron las nenas de recepción”. Aunque me quedé tremendamente intrigado con aquel raro fenómeno, no sentí ningún deseo de profundizar en el asunto. Estaba de vacaciones, asi que respiré más que aliviado cuando llegué a mi habitación y comprobé a golpe de mando que no se podía sintonizar ninguna cadena patria pese a la cercanía fronteriza. De manera que cada atardecer, cuando encendía el televisor, me dejaba hiptonizar por aquella pantalla amiga que me susurraba en un idioma tan bonito. Era estupendo vivir en la ignorancia más completa.
Pero una tarde el viento cambió. Lo notamos por la mañana, cuando bajamos a la playa y el hamaquero, una versión lusa de nuestro José Luis Moreno, nos recibió refunfuñando. Fue un día muy extraño: confundieron nuestros pedidos en el chiringuito, una mujer casi se ahoga y mi tío, abeceísta confeso, se puso a leer La Vanguardia. Sin embargo, lo peor llegó cuando regresé a la habitación del hotel para mi sesión de murmullos lusos. Conecté el aire acondicionado, encendí el televisor con el mando....y ¡zas!. “Efectivamente, el camión iba sin frenos...” Di un brinco aterrado “...y al entrar en el pueblo, pues ha arrollado al vehículo”. ¡Era la televisión hispánica! ¡Dios mío! Habían vuelto. Y encima con un accidente en directo: un camión...¡que circulaba sin frenos! ¿Sería eso posible? Es decir: ¿podía circular tranquilamente por nuestras carreteras un vehículo que no tuviera frenos? Y si era así, ¿cómo lograba detenerse?, ¿en plan Picapiedra?“Pues hemos sabido que los cuerpos siniestrados...” Casi se me nubló la vista al oir aquello y me quedé mirando hipnotizado la cara de póquer del reportero K.E.S.M. (Ken-Explorador-En-La-Sierra-De-Madrid). O sea, que ahora, si morías aplastado por un camión pasabas a la categoría de objeto siniestrado. Ya no tenías ni derecho a ser un simple y misterioso cadáver. Sin darme apenas tiempo para recuperarme, la pantalla bizqueó, llenándose de repente de azul. Ví a un tenista zurrándole a la bola con ganas. “Efectivamente”, decía el comentarista, “la semisuspensión parece haberle fallado en este contraataque”. ¡ Era cierto ! En mi breve ausencia habíamos pasado a a la categoría de seres inanimados-objetos-vehículos-cosas- pelotas. Ya no podía dejar de mirar el televisor.
Pulsé el avance de canal y me saludó una presentadora de peinado incomprensible a base de tijeretazos. “Esta noche vamos a evocar tanto a aquellos clásicos en blanco y negro como a los vestidos de color”. ¿Y aquello qué era?, ¿el canal estilo de la Señorita Pepis? “...porque Ennio Morricone lleva muchas décadas llenando de música películas tan famosas como...” Apreté con frenesí el control remoto. Bueno. Eso estaba mejor: el inicio de un informativo pero... ¿quién diablos se podía permitir el lujo de tener un Goya en su apartamento? Por lo menos la pobre señora parecía muy digna a pesar de que se lo habían birlado unos listillos. “Y es que ya saben”, sermoneó el clon de un presentador de vacaciones, “que hay mucho enemigo de lo ajeno”. Nos había fastidiado. ¿Y mucho amigo de lo propio? “Se lo contaremos después de la publicidad”, guiño de complicidad-coleguillas-para-siempre, “y también les acercaremos la desaparición de uno de los padres de la poesía de posguerra, que ayer moría en Madrid a los 83 años”. Aquello era la repanocha. Vamos, que el pobre poeta, presentador-guay-del-paraguay mediante, seguía agonizando a estas horas. ¿Cuándo pensaba dejar al buen hombre descansar en paz? Y lo que era más importante: ¿cuántos padres podía tener la poesía de posguerra?, ¿y madres?, ¿qué sería mejor como autor poético posguerrillero civiloide? ¡Dios mío! Tenía que apagar aquel maldito engendro.
“En cuanto al pronóstico para mañana”, me sonrió un presentador-mega-animado-hombretón-del-tiempo que se movía por la pantalla como el conejito de las pilas, “el riesgo de lluvias en Madrid será alto”. ¡Cáspita! Tendría que avisar a mis padres, porque si alcalino había usado la palabra riesgo, eso quería decir que suponían un serio peligro para los madrileños y demás fauna capitalina. Sin embargo, fue lo que añadió a continuación lo que me dejó patidifuso. “Pero, bueno, habrá que estar atentos al viento, porque por la tarde girará”. ¡Repámpanos! ¿Girará? Me quedé tan desconcertado como cuando una amiga colombiana se hartaba de mí y me espetaba un contundente “¡Que te vayas donde dobla el viento!” Al lado de esa expresión, Cristo y sus clavos perdidos siempre me parecían cosa de niños. Sin embargo, aquel extraño día aún me tenía reservado un postre muy especial.
La pantalla zumbó unos segundos y apareció Ella. Con sus labios carnosos, perfectamente compuesta y maquilladita. Parpadeó como sólo ella sabía y soltó una de sus interminables peroratas. La pobre había dejado escapar de nuevo la posibilidad de seguir algún cursillito de dicción durante las vacaciones. Aunque tampoco me la pude imaginar sentadita en una silla de brazo, haciendo los deberes en plan primoroso, cual aplicada Elisa Doolittle-Audrey Hepburn. “La lluuuuvia en Seviiilla es una puuuura maraviiiiillla”. ¿Qué profesor Higgins iba a querer domar la lengua de esa fierecilla? Aunque creo que lo más fascinante era su capacidad para hablar en imperfecto. Su mundo era un pequeño universo en el que las acciones quedaban eternamente congeladas y en suspensión, como un paciente en coma: las bombas estallaban, los ministros llegaban, el fuego se iniciaba, los acuerdos de paz se firmaban, los niños jugaban y cantaban y las estrellitas titilaban en el firmamento. ¡Qué potito! Y todo aderezado con esa salsa alioli especial terruño que impregnaba cualquier sonido que salía por su boquita. Hummm. Me revolví inquieto. Le mejor sería apagar el televisor y zambullirme en mi propio universo de burbujas y espumita. Pero echaría unas bolitas de aceite balsámico.
Verano de 2001 |