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  Tres : Seamos sólo correctos
 

El otro día me tocó el suplicio de subir en el ascensor con una de esas vecinas que supongo que todo españolito que se precie -y no pueda costearse un chalé o vivienda de tipo unifamiliar- tiene que aprender a soportar. En torno a la cincuentena, enlacado tupé trigueño y siempre interesada en los más variopintos temas de discusión como la meteorología, el historial técnico de casi toda la comunidad de vecinos y la artritis reumatoide, el lumbago o cualquier otra dolencia o achaque. Pues bien, la buena mujer tenía ganas de compartir conmigo su última y traumática experiencia: la avería del teléfono familiar.

 “¡Imagínate, tres días sin contestador!”, exclamó con expresión aterrada. Una gravedad que no terminé de entender porque si no recordaba mal mi madre, que es un pozo sin fondo de sabiduría y ágil información vecinal, siempre me comenta que la pobre mujer se pasa el día entero encerrada en casa con su perro, un pequinés bastante asesinable.  “Pues nada, hijo, después de tanto lío y miles de llamadas”, continuó mientras yo miraba angustiado la puerta que ella obstaculizaba cual parapeto con abrigo azulón, “pues van y me lo arreglan mal”. ¿Aceptaría dejarme libre si le regalaba mi viejo móvil para  solventar su crisis telecomunicativa? “Porque ahora, el mensaje de mi contestador dice que Telefónica me informa de que...¡de que!”, me chilló en la cara, “¡Cómo pueden ser tan incultos! Les he exigido que me lo cambien pero dicen que no es ningún error.  ¡Como si ellos tuvieran la más remota idea de gramática!” Me pregunté si sería útil explicarle que la compañía había tenido todo un detalle al cambiar la grabación pero me molestó bastante su tono clasista y, además, hace tiempo que me di cuenta de que a la gente, en general, le hacen muy poquita gracia las correcciones filológico-lingüísticas. Esbocé una de mis mejores sonrisas y logré escabullirme hasta mi puerta.  

Media hora más tarde, viendo el telediario, pude confirmar que mi encantadora vecina no era la única queísta (vaya palabreja) del planeta celtibérico. Una presentadora, más neutra que la lejía, me espetó que “El Gobierno ha advertido que no tolerará intromisiones en su espacio radioeléctrico”. Bueno, creo que dijo algo que sonaba así de obsceno. Je, je. Minutos después, otro presentador, aunque este del club del buen rollito, me empezó a dar varios megaconsejoides para enfrentarme a un nuevo timo y terminó su perorata con una frase impagable“...y, sobre todo, asegúrense que no les dan liebre por gato”.  

Supongo que la culpa de todo este jalimatías, como decía un personaje de la película Balas sobre Broadway, es algo tan loable como el exceso de celo. En este caso, el miedo al de que (como si el pobre tuviera la peste bovino-equino-porcino-aftósica) empuja a muchos a una ultracorrección y al final, la obsesión por evitar el dequeísmo nos empuja a las fosas del queísmo.  Muchos parecemos haber olvidado que hay un gran número de verbos en español que siempre necesitan de que para ser felices y comer perdices. Son los casos, y sin ánimo de ser exhaustivos, de: darse cuenta, asegurarse, convencerse, avisar, advertir (que siempre lleva -de salvo cuando significa darse cuenta), etc.  

Dado que los periodistas somos vaguetes por naturaleza, tampoco está de más dar algunos trucos para detectar cuándo nos encontramos ante uno de esos posibles Expedientes DEQUE (brico-consejos que he sacado de mi libro de Lengua Española de 8º de E.G.B. de la Editorial Anaya): 

  • Pregúntale siempre al verbo y él te dará la respuesta: ¿ de qué advirtió el gobierno al PNV? , ¿de qué debes asegurate?, ¿de qué se convenció el Real Madrid tras su partido con el Barcelona?...  

  • El otro truco es reemplazar la proposición subordinada sustantiva con los pronombres demostrativos "eso" o "esto". Ejemplos:

    El Gobierno ha advertido al PNV de que no tolerará intromisiones: El Gobierno ha advertido al PNV  DE eso. (Nunca se podría decir: ha advertido al PNV eso, aunque suene bien, que ya os veo venir, pecadores).

Y terminamos este imperdible con una pequeña jabalina lingüística que acostumbramos a lanzar con fuerza y precisión cada vez que se produce un terremoto, inundación o desastre similar. Se trata de la expresión “catástrofe humanitaria”. Dos lindas palabrejas que, sin que seamos conscientes de ello, contienen una de las mayores barrabasadas del mercado comunicativo, muy por delante del archiconocido “inmigrante ilegal”.

Observemos al paciente y sometámoslo a una intervención de urgencia con el bisturí neuronal. Si separamos ambos miembros con delicadeza, operación que no requiere ningún tipo de anestesia, nos daremos cuenta raudos y veloces de que en nuestras manos tenemos,  por un lado, la palabra Catástrofe: Suceso desdichado que produce una desgracia y, por otro, Humanitaria: Que busca el bien de todos los seres humanos. ¿Alguien se ha dado cuenta ya de la perogrullada?, ¿cómo diablos vamos a calificar un terremoto, sequía o accidente nuclear de catástrofe humanitaria?, ¿acaso son sucesos beneficiosos para la humanidad? ¡Glubs! Creo que sobran más comentarios. Por favor, evitemos siempre sufrir un bochornoide lingüístico de este tipo.

Marzo de 2001

 

 

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2001 - 2006 © Óscar Díaz de Liaño